jueves, 18 de febrero de 2010

Escucha hijo:

Escucha hijo: voy a decirte esto mientras duermes, con una manita metida bajo la mejilla y los rubios rizos pegados a tu frente humedecida.
Hace unos minutos, mientras leía mi libro en la biblioteca, sentí una ola de remordimiento que me ahogaba. Culpable, bien junto a tu cama.
Pensaba que me enojé contigo. Te regañé cuando te vestías para ir a la escuela, porque apenas te mojaste la cara con la toalla. Te regañé, porque no te limpiaste los zapatos. Te grité, porque dejaste caer algo al suelo.
Durante el desayuno te llamé la atención también. Volcaste las cosas.
Tragaste la comida sin ningún cuidado. Pusiste los codos sobre la mesa.
Untaste demasiada mantequilla en el pan. Y cuando te ibas a jugar y yo salía a tomar el coche, te volviste y me saludaste con la mano y me dijiste: " ¡Adiós, papácito!"; y yo fruncí el ceño y te respondí:" ¡ Ten erguidos esos hombros !".
Al caer la tarde todo empezó de nuevo. Al acercarme a casa te ví de rodillas jugando. Tenías agujeros en los pantalones.
Te humillé ante tus amiguitos al hacerte marchar a casa delante de mí:
¡Los pantalones son caros y si tuvieras que comprarlos tú, serias más cuidadoso!
Pensar hijo, que un padre diga eso.
¿Recuerdas, más tarde, cuando yo leía en la biblioteca y entraste tímidamente, con una mirada de perseguido? Cuando levanté la vista, impaciente por la interrupción, titubeaste en la puerta. ¿Que quieres ahora?, te dije bruscamente.
"Nada", respondiste, pero te lanzaste en tempestuosa carrera y me echaste los brazos al cuello y me besaste, y tus bracitos me apretaron con un cariño que Dios había hecho florecer en tu corazón y que ni aún el descuido ajeno pudo extinguir. Y luego te fuiste a dormir con pasitos ruidosos en la escalera.
Bien hijo; poco después fue cuando se me cayó el libro en el regazo y entró en mí un terrible temor: ¿qué estaba haciendo en mi la costumbre? La costumbre de encontrar defectos, de reprender. Esta era mi recompensa a tí por ser un niño. No era que yo no te amara, era que esperaba demasiado de tí. Te medía según la vara de mis años maduros.
¡Y hay tanto de bueno y de bello y de recto en tu carácter! Tu corazón es grande como el sol que nace entre las colinas. Así lo demostraste esta noche. Nada más que eso importa esta noche, hijo. He llegado hasta tu cama en la oscuridad y me he arrodillado lleno de vergüenza.
Es una pobre confesión. Sé que no comprenderías estas cosas si te las dijera cuando estás despierto, pero mañana seré un verdadero papá. Seré tu compañero, sufriré cuando sufras y reiré cuando rías.
Me morderé la lengua cuando vaya a pronunciar palabras impacientes. No haré más que decirme, como si fuera un ritual: "No es más que un niño, un niño pequeñito".
Temo haberte imaginado hombre. Pero al verte ahora, hijo, acurrucado, fatigado, veo que eres un bebé todavía. Ayer estabas en los brazos de tu madre, con la cabeza en su hombro. He pedido demasiado, demasiado...

En lugar de criticar y censurar a las personas, tratemos de comprenderlas, de ponernos en su lugar, de imaginar por qué hacen lo que hacen. Eso es mucho más provechoso y más interesante que la crítica; y de ello surge la simpatía, la tolerancia y la bondad.

El Cruce del Río

El Cruce del Río


Había una vez dos monjes Zen que caminaban por el bosque de regreso al monasterio. Cuando llegaron al río una mujer lloraba en cuclillas cerca de la orilla. Era joven y atractiva.
-¿Que te sucede? - le preguntó el más anciano.
- Mi madre se muere. Ella esta sola en su casa, del otro lado del río y yo no puedo cruzar. Lo intente - siguió la joven - pero la corriente me arrastra y no podré llegar nunca al otro lado sin ayuda... pense que no la volvería a ver con vida. Pero ahora... ahora que aparecisteis vosotros, alguno de los dos podrá ayudarme a cruzar...
- Ojalá pudiéramos - se lamento el más joven. Pero la única manera de ayudarte sería cargarte a través del río y nuestros votos de castidad nos impiden todo contacto con el sexo opuesto. Eso esta prohibido... lo siento.
-Yo también lo siento- dijo la mujer y siguió llorando.
El monje mas viejo se arrodillo, bajo la cabeza y dijo:
-Sube.
La mujer no podía creerlo, pero con rapidez tomó su atadito con ropa y montó a horcajadas sobre el monje.
Con bastante dificultad el monje cruzó el río, seguido por el otro más joven.
Al llegar al otro lado, la mujer descendió y se acerco en actitud de besar las manos del anciano monje.
-Está bien, está bien- dijo el viejo retirando las manos, sigue tu camino.
La mujer se inclinó en gratitud y humildad, tomo sus ropas y corrió por el camino del pueblo.
Los monjes, sin decir palabra, retomaron su marcha al monasterio...
Faltaban aún diez horas de caminata.
Poco antes de llegar, el joven le dijo al anciano:
- Maestro, vos sabéis mejor que yo de nuestro voto de castidad. No obstante, cargaste sobre tus hombros a aquella mujer todo el ancho del río.
- Yo la llevé a través del río, es cierto, ¿pero qué pasa contigo que la cargas todavía sobre los hombros?

Puedés pedirme que acabe

Podés pedirme que acabe con
el hambre y la pobreza del mundo...

Podés pedirme que viaje hasta el sol
sin nave espacial...

Podés pedirme que en una noche estrellada
te lleve de paseo a la luna...

Podés pedirme que haga retroceder los relojes
para regresar a los tiempos felices...

Podés pedirme que cruce los océanos a nado
los desiertos a pie...

Pódes enloquecer incluso y pedirme
que sea bueno y humilde...

Pero, por favor, no me pidas
nada imposible...

Por ejemplo, no me pidas
que deje de verte...

¡No me pidas
que deje de llamarte!

¡No me pidas
que deje de desearte!

¡No me pidas
que deje de entenderte!

¡No me pidas
que te abandone a tu suerte!

Pero por sobre todas las cosas
no me pidas...

¡Que deje de amarte!

Revolotea en mi pensamiento

Revolotea en mi pensamiento
constante y atrevida tu imagen...
¡No puedo dejar de pensarte!
Ni un instante... ¡Ya lo sé!

Mi deseo, cautivo en tu piel
como el torrente en su cauce...
¡No puedo dejar de desearte!
Ni un instante... ¡Ya lo sé!

De un segundo o una existencia,
tu ausencia, siempre intolerable...
¡No puedo dejar de extrañarte!
Ni un instante... ¡Ya lo sé!

Mi pecho no admite otro aire
que el aire que tú purificaste...
¡No puedo dejar de respirarte!
Ni un instante... ¡Ya lo sé!

El sol siembra en tu rostro
visos de un celeste paisaje...
¡No puedo dejar de mirarte!
Ni un instante... ¡Ya lo sé!

Deidad única de mi devoción,
de mi ilusión, soñado baluarte...
¡No puedo dejar de adorarte!
Ni un instante... ¡Ya lo sé!

Dueña eterna de mi corazón,
esta conclusión es inevitable...
¡No puedo dejar de amarte!
Ni un instante... ¡Ya lo sé!

Para Enamorar

Un Poema Para Enamorar

Deja caer ese orgullo en el olvido,
libera la emoción en sensual entrega,
y en el místico roce de la piel nueva,
hechizaré suavemente tus sentidos.

Entrégate, mas no me des nada...
Envenéname de ilusión controlada,
inúndame de la necesidad infinita
de sentirme tuyo, de sentirte mía...
¡Deja el deseo libre inflamando la piel
y el amor salvaje se rinda a tus pies!

Acércate, pero hazlo muy lentamente...
dame un instante que dure por siempre.
¡Brilla con ese brillo de lo inalcanzable,
deja fluir de tu esencia lo más deseable,
ponle tu mágico e inconfundible sello
y mátame de pasión en un eterno beso!

La Preeminencia del Amor

La Preeminencia del Amor


Aunque yo hablara todas las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo amor, soy como una campana que resuena o como un platillo que retiñe.
Aunque tuviese el don de la profecía y conociera todos los misterios y toda la ciencia, aunque tuviera toda la Fe, una Fe capaz de trasladar montañas, si no tengo amor, no soy nada.
Aunque repartiera todos mis bienes para alimentar a los pobres y entregar mi cuerpo a las llamas, si no tengo amor, no me sirve de nada.

El amor es paciente, es servicial; el amor no es envidioso, no hace alarde, no se envanece, no procede con bajeza, no busca su propio interés, no se irrita, no tiene en cuenta el mal recibido, no se alegra de la injusticia, sino que se regocija con la verdad. El amor todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.

(Corintios 1-13)

Amor Eterno

Amor Eterno

¡Feliz Día de San Valentín!


Podrá nublarse el sol eternamente;
Podrá secarse en un instante el mar;
Podrá romperse el eje de la tierra
Como un débil cristal.
¡todo sucederá! Podrá la muerte
Cubrirme con su fúnebre crespón;
Pero jamás en mí podrá apagarse
La llama de tu amor

(Gustavo Adolfo Bécquer)



Más que enamorado

¡Feliz Día de San Valentín!


Que jamás acepto un “no” y soy como un niño.
Que suelo ir de regreso cuando hay que partir.
Reiterado e irreflexivo puñado de sinsentidos:
¡Te Amo!... y estoy más que enloquecido por ti.

Que acostumbro a extrañarte por todo motivo.
Que en tu ausencia ya no entiendo como vivir.
Fanático, incondicional y devoto de tu cariño:
¡Te Amo!... y estoy más que necesitado de ti.

Que me acuesto y amanezco con tu imagen.
Que procurar tu felicidad es mi esencial fin.
Hidalgo, leal, y tu gozo, mi noble estandarte:
¡Te Amo!... y estoy más que pendiente de ti.

Que te siento como en la existencia he sentido.
Que soy simplemente tuyo desde que te conocí.
De tus pasos se alimenta mi encantado camino:
¡Te Amo!... y estoy más que enamorado de ti.